Nazareno
Fernando Estévez (1788-1854).
Escultura en madera policromada, 164 cm. de altura.
La Orotava, 1840-1841.
Inscripción en la espalda: "Principio a dársele culto el miércoles sto. 7 de abril de 1841".
La Palma (Santa Cruz de La Palma); Iglesia de Santo Domingo.

Fernández García, A-J., 3-IV-1963; Fuentes Pérez, G., 1990, pp. 359-361; Pérez Morera, J., 2000a, p. 114.

            La escultura de Jesús Nazareno, que vino a sustituir a la antigua imagen que desde el siglo XVII se veneraba en el convento dominico de Santa Cruz de La Palma, fue encargada en 1840 a Fernando Estévez, junto con la de Virgen de los Dolores, por el V marqués de Guisla-Ghiselín, don Luis Van de Walle y Llarena, gobernador militar de La Palma. Las tallas se hallaban concluidas el 14 de enero de 1841, fecha en la que el imaginero entregó en La Orotava las dos efigies empaqueta­das a don Antonio María de Lugo-Viña, encargado por el marqués para su envió a La Palma1.
            Pocos meses después, el 7 de abril de 1841, se principió a dárseles culto -tal y como figura en sendas inscripciones pintadas en las espaldas de ambas-, procesionan­do, por primera vez y desde entonces, en la tarde del Miércoles Santo2. En este sentido, el encargo conjunto de las dos imágenes, que presentan las mismas medidas y estatura- obedece a la intención de escenificar con ellas la ceremonia del encuentro entre Cristo, con la cruz a cuestas y camino del calvario, y su Madre, acto piadoso que se celebra en la tarde de ese día en el tradicio­nal punto en la plaza. Algunas imágenes fotográficas, como una estereoscópica tomada hacia 1860, recogen la escena tal y como se hacía poco tiempo después del estreno de las nuevas esculturas.
            Obras de la etapa final del imaginero, en ellas el arte de Estévez alcanzó el punto más alto de su producción; y tanto la Virgen como la dulce y doliente figura de su Hijo se caracterizan por su fisonomía juvenil, ajenas, en el caso de la Madre, a las huellas de la edad y del paso del tiempo. Ambas represen­tan un sublime ideal de belleza, trasunto de la perfección divina. Cristo es una figura concebida según los cánones ideales griegos, un hombre de 33 años en toda su plenitud y belleza física que interpreta la profecía de la Pasión del Mesías: Como manso cordero, llevado al matadero (Isaías 53, 7).
            Aunque con cierta simpleza se ha querido encasillar a Estévez en el neoclasi­cismo, la personalidad de su arte, difícil de encuadrar en un movimiento concreto, trasciende esos estrechos límites y va más allá. La obra y la vida del escultor orotavense, que coincide con el siglo del romanti­cis­mo, nada tiene de frialdad neoclásica, antes sí de intensa emoción y sentimiento, aunque siempre contenido y sin estriden­cias. Como señala el investigador palmero Alberto-José Fernández García, en la bellísima talla de la Dolorosa reflejó el dolor más intenso, pero sereno, en su rostro y en la laxitud de sus miembros. Estévez es, además, un barroco clasicista, que utiliza recursos propios de los imagineros barrocos, como el realismo en la represen­tación de los vasos y tendones sanguíneos, los vestidos naturales y otros postizos.
            Tallada en madera de cedro y caoba floja —utilizada en la peana—, el Nazareno es una escultura vestidera, cuyo candelero, completamente modelado, pone de relieve el interés por el desnudo del escultor y el cuidado y esmero puesto en complacer al comitente. En el Nazareno —según observaciones del restaurador Pablo Amador Marrero— se advierten los ecos del Cristo atado a la columna de la iglesia de San Juan Bautista de La Orotava, talla prodigiosa del imaginero sevillano Pedro Roldán, sin duda estudiada minuciosa­mente por Estévez.
            La imagen procesiona con túnica bordada en oro sobre terciopelo rojo -la mejor pieza de su género existente en el Archipiélago-, exquisito trabajo de los talleres de bordado gaditanos o sevillanos del siglo XVIII. Fue regalada a la antigua imagen por el rico comer­ciante palmero, establecido en La Habana, Cristó­bal Pérez Volcán (1725-1790), quien, en carta dirigida a don Domingo Van de Walle de Cervellón, fechada en Cádiz en 1771, le dice: Bien que sólo el amor al Señor Nazareno vale su túnica. El mismo donante envió desde La Habana la rica base procesio­nal de estilo rococó, en madera dorada y calada con decora­ción de asimétri­cas rocallas; y los cuatro preciosos ángeles que, vestidos a la romana, llevan instrumentos de la Pasión y sujetan las cuerdas que atan la imagen de Cristo subiendo al Calvario.

            Jesús Pérez Morera

1. Archivo Parroquial de El Salvador, fotocopia de la carta original (Santa Cruz de Tenerife).

2. El 4 de enero de ese año, el marqués de Guisla solicitó licencia para colocar la nueva imagen del Nazareno en la hornacina principal del retablo mayor, al mismo tiempo que para desmantelar su antiguo altar y capilla, situada bajo el coro de la iglesia de los dominicos. En su virtud, fue colocada, sobre el lugar que ocupaba el sagrario, el 15 de julio siguiente en el nuevo nicho que con el mayor ornato y decencia se hizo; mientras que en las dos hornaci­nas colaterales del mismo retablo fueron entronizadas, el 27 de junio de 1858, las imágenes de Nuestra Señora de los Dolores y San Juan Evangelista que acompañan al Señor en la procesión del Miércoles Santo (Archivo Diocesano de Tenerife, expedientes instruidos en 1841 y 1856, legajos "La Palma", documentos sin clasificar).