Las chirimías de La Palma
Manuel Poggio Capote
Según la Real Academia Española, una chirimía es por una parte un instrumento de viento madera a modo de clarinete, de unos de siete centímetros de largo, con diez agujeros y boquilla con lengüeta de caña; y por otra, el músico que lo toca. En otras palabras, sería tanto el objeto instrumental como el sujeto que lo interpreta. Además, podría deducirse de todo ello que cuando se tratara de una formación compuesta por varias personas que tocasen simultáneamente más de uno de estos instrumentos recibiría, a su vez, el nombre de chirimía.
La antigua Semana Santa de la capital palmera contaba con un cuerpo musical de capilla que acompañaba a la cruz parroquial de El Salvador en la procesión del Calvario, que partía de la extinta morada franciscana de la Inmaculada Concepción y desfilaba durante la mañana del Viernes Santo. Este grupo, formado por tres o cuatro músicos (según las distintas versiones que hemos manejado), se ubicaba tras la mencionada cruz alzada y ejecutaba sucesiva y reiteradamente una pieza sacra muy breve en distintos puntos del recorrido. Según rememora la tradición oral, algunos de los últimos miembros que nutrieron esta formación fueron Emiliano Henríquez Hernández (1872-1955), a la flauta; Eustaquio Sicilia Pérez (1907-2005), al clarinete; y en distintos momentos los hermanos Gumersindo (1885-1981) y Manuel (1890-1966) Galván de las Casas, al bombardino. La misma, hasta su desaparición durante la década de los treinta del siglo XX, fue conocida de manera invariable como chirimías (en plural). Asimismo, es necesario dejar constancia que su contenido era interpretado de oído, sin la lectura de pentagrama alguno. Y aunque parece ser que ya había perdido su naturaleza originaria —es decir, la registrada en el diccionario oficial de la lengua española—, ello no fue impedimento para que continuara con su ancestral y entrañable denominación.
La Cofradía de la Vera Cruz, que promovió la fundación de la citada procesión en la segunda mitad del siglo XVI, estaba radicada en el templo de los frailes seráficos. Entre los varios objetivos de esta confraternidad se contaba la organización de una estación de penitencia por las vías de Santa Cruz de La Palma durante la noche del Jueves Santo. El desfile protagonizado por las tallas de un Crucificado, una Dolorosa, un san Juan Evangelista y una Magdalena, contaba además para su puesta en escena con numerosos miembros de esta congregación de fieles que bajo sus hábitos portaban luminarias, insignias o incluso se documenta la presencia de un muñidor que abría el cortejo haciendo sonar una campana. La llegada de nuevos tiempos propició la prohibición de algunos de estos elementos. Entre ellos cabría subrayar el de celebrar procesiones en horario nocturno. Por este motivo, la Vera Cruz pasó a salir en las primeras horas del Viernes Santo.
Aunque se desconoce toda particularidad acerca de la música que pudo acompañar esta manifestación religiosa, es factible pensar que no se distanciaría mucho de los sonidos de las más recientes chirimías palmeras. Entre 1999 y 2006, Luis Cobiella Cuevas ha recuperado, según sus recuerdos de juventud, la partitura de esta desaparecida composición. Como afirma el artista palmero, “se han puesto en programa recordando setenta años atrás procesiones de Viernes Santo, lo cual obliga a fiarse o desconfiar prudentemente de la autenticidad de lo oído. Las he adaptado a dos flautas en octava, clarinete si bemol y trombón tenor; creo recordar que entonces se ejecutaban con flautín, flauta, clarinete y bombardino”. Agregando más adelante que “es posible que en ocasiones anteriores a mis recuerdos, las chirimías sirviesen de fondo a ciertas melopeas seudogregorianas”.
Por otra parte, es preciso tener presente que a las chirimías se refirió Alberto-José Fernández García (1928-1984) en uno de sus artículos sobre la Semana Mayor capitalina que vio la luz en Diario de avisos durante la primavera de 1963. En aquellas líneas el investigador local señaló que las mismas ponían el acento sonoro a la procesión del Calvario, “cantándose” de manera consecutiva el Miserere y el Vexilla regis. No obstante, como se ha apuntado con anterioridad, parece ser que las chirimías consistían en una sola pieza de carácter instrumental. Quizás, Fernández mezclase en sus apuntes la música que compuso el clérigo Manuel Díaz (1774-1863) para la ceremonia de “La Seña” que sí se denominaban Miserere y Vexilla regis con la privativa de la chirimías. Así parece deducirse de los epígrafes que dedica Jaime Pérez García a aquel célebre sacerdote en sus monografías Fastos biográficos de La Palma (1990)y Los Carmona de La Palma, artistas y artesanos (2001). Finalmente, en la película documental de Luis Ortega Abraham y Jorge Lozano Vandewalle sobre la Semana Santa capitalina (1999) se nombra y reproduce el sonido de las viejas chirimías evocadas por Luis Cobiella.
A falta de precisar estos datos con mayor rigor, quedaría por aclarar la cuestión de por qué las chirimías continuaron denominándose de este modo aún cuando habían perdido su estado primitivo. Cabrían diferentes posibilidades. Desde nuestro punto de vista, la más plausible es que no sean más que una prolongación del acompañamiento musical de la vieja procesión de la Vera Cruz, que contaría con la intervención de auténticas chirimías. El hecho de que se denominen en plural es probable que se deba a la cantidad de veces que se interpretaba el mismo tema, dado —como ya hemos visto— que el grupo que figuraba junto a la cruz parroquial tocaba siempre una sola composición de manera repetitiva, parando un momento y volviendo más tarde a retomar idénticas formas; o que simplemente se refiriese al conjunto de músicos que participaba en el cortejo procesional. Y una última “nota”. En cualesquiera de las circunstancias enumeradas con anterioridad y con el fin de rescatar una porción de nuestro acervo cultural, sería de notable interés la reincorporación de esta pieza a la Semana Santa de la ciudad.